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MENU PARA LOS VIVOS EN MEMORIA DE LOS MUERTOS
 
TAMALITOS DE POLLO CON ESQUITES
ATOLE DE FRESA
DULCE DE CAMOTE
 
 
 
El Día de Muertos es una festividad que data de las culturas indígenas y que después de la conquista se convirtió en una celebración tanto religiosa como pagana. El 1º de noviembre la fiesta es por los "angelitos" y el día 2 por los "fieles difuntos". Se dice que la primera celebración formal se dio en el siglo XVI, por orden del Abad Odilón.
Esta tradición parece conservar elementos de las ceremonias indígenas, durante los cuales se ofrendaban a los muertos flores de cempasúchil y tamales de maíz, en la época del año en que acababan de levantarse las cosechas.
Los antiguos mexicanos dedicaban a sus muertos el noveno y décimo mes del calendario azteca. El noveno mes comenzaba al 5 de agosto y se llamaba Tlaxcochimaco, que significa “tierra florida”. Ese día daba comienzo la fiesta de los “muertitos” que se refería a los niños, duraba todos los veinte días del mes y se ofrendaban legumbres.
En el décimo mes o Xoco Huetzo, que significa “fruta madura”, del 25 de agosto al 14 de septiembre, se hacía la fiesta de los muertos adultos, Se lloraba y se hacían ofrendas de  grandes comidas.
 Existía un concepto profundamente dialéctico de que la vida trae implícita la muerte y ésta trae implícita la vida, Por ejemplo, el maíz que al secarse la milpa conserva la mazorca: muere el tallo, pero queda la semilla. Este mismo concepto se aplicaba a los seres humanos: mueren, pero su estirpe continúa.
Los aztecas creían que las almas no morían, sino que continuaban viviendo en un lugar especial para que finalmente descansaran. Los bondadosos dioses habían creado este mundo ideal llamado Mictlán o Lugar de la Muerte, un sitio oscuro, pero no necesariamente lóbrego o melancólico.
Los espíritus podían descansar plácidamente ahí y esperar, no un juicio, veredicto o resurrección, sino algo más simple y atractivo. Se trataba del lugar ideal para descansar hasta el día en que podían regresar a sus antiguos hogares terrestres y visitar a sus parientes vivos. Se creía que aunque esos parientes no podían verlos, definitivamente podían sentirlos.
Las almas dejaban Mictlán y se dispersaban por sierras, planicies y desiertos. Sus instintos los guiaban a sus antiguos hogares. Durante esta jornada no encontraban los terribles obstáculos que habían sorteado para llegar a Mictlán; al contrario, como si estuvieran de vacaciones, su viaje era muy placentero. Sus parientes vivos los ayudaban esparciendo flores aromáticas, que emitían una esencia que viajaba por el aire, guiando a las almas de los difuntos hacia el lugar en que les aguardaba un banquete.
Para lograr la conversión de los pueblos prehispánicos, los evangelizadores cristianos se vieron en la necesidad de adoptar algunas tradiciones indígenas, mezcladas con sus enseñanzas y así darle una forma nueva y a la vez rica en tradición, a la celebración de los muertos, asignándole una fecha fija dentro del calendario cristiano, el primero y dos de noviembre.
Después de la conquista española, se estableció en México la celebración del día de Todos Santos y de los Fieles Difuntos, que se solemnizaban desde el siglo IX, por disposición del Papa Gregorio IV.
Al ocurrir la conquista el país, la religión católica cambió totalmente el concepto sobre la muerte. Se le empezó a ver como algo temible pensando en las penas del Purgatorio y del Infierno, aunque con la esperanza para muchos de la felicidad y del descanso eterno.
Los sacerdotes españoles compararon el Mictlán con el infierno y se le dio a la muerte la imagen de un esqueleto con guadaña. Fue en el siglo XVII cuando se trató de quitarle lo terrorífico, para darle un aspecto de amabilidad, viendo a la muerte sin miedo y con fe.
Actualmente se cree que es una fiesta para comer, no sólo para las ánimas, sino también para los vivos. A esto se debe que en estos días se haga derroche culinario y se confeccionen apetitosos platillos tradicionales. La ofrenda de origen indígena, se une con las flores y velas de la costumbre criolla y se elaboran altares donde se rezan oraciones para los difuntos.
Desde las 12 horas del día 31 de octubre hasta el mediodía del primero de noviembre, se dedica el festejo a los niños, poniendo en la ofrenda flores blancas, vasos de agua y un plato de sal, además de alimentos como: espumoso chocolate, pan de yema, dulces, tamales, atole, frutas y algo en especial del gusto del “angelito”.
Se agregan figuritas de barro y juguetes para los niños. Se encienden las velas, una por cada infante muerto que la familia recuerda, así como el copal y el incienso.
El día 1º de noviembre a las doce, se escuchan las detonaciones de cohetes, en señal de que los angelitos se están despidiendo y se inicia el repique de campanas para el recibimiento de los adultos. En la casa las ofrendas se adornan con flores de cempasúchil y se agregan más vasos de agua y velas.
Los platillos aumentan de número y de variedad: mole verde, rojo o negro, arroz, tamales, diferentes guisados, frijoles, pan dulce, aguas frescas, frutas de temporada como tejocotes, cañas, jícamas y mandarinas, tortillas, cerveza, tequila, pulque y cigarros.
En la ofrenda o altar de muertos deben incluirse los cuatro elementos de la Naturaleza: Tierra, Aire, Agua y Fuego.
La Tierra es representada por la cosecha. Se cree que las almas son alimentadas por el aroma de la recolección.
El Aire es representado por un objeto ligero como el papel picado es usado generalmente para representarlo, fácilmente movido por el viento. Tradicionalmente es morado o naranja, pero puede usarse cualquier color.
El Agua se pone en vasos o jarras para que las almas sacien su sed después de su largo viaje.
El Fuego es representado por los cirios, velas o veladoras, una por cada muerto y otra por las almas olvidadas.
La sal es también un ingrediente que se coloca en la ofrenda para la purificación. El copal y el incienso se queman para atraer con su aroma a las almas vagabundas. Las flores de cempasúchil se riegan desde la entrada, formando un camino hacia el altar.
No cabe duda que estas extraordinarias tradiciones no hay que perderlas, sin embargo el estar conscientes de lo que  se come  en esta época es más de vivos que de muertos
 
 

 

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